Diario de una esclerótica (II)

Hoy es uno de esos días en los que me comería el mundo cual crepe de chocolate y apenas puedo comerme las uñas. Más que nada porque ya me las he comido del estrés. No suelo lamentarme públicamente de mi enfermedad ni quiero que esto sea precisamente eso. No me salen ni las palabras. No puedo conectar pensamientos ni frases. Estoy tan cansada de estar cansada que tiraría la toalla, pero bien sabéis que no lo voy a hacer. Estoy encerrada en un cuerpo que no es el mío y me gustaría que alguien me liberase. Una super heroína me sacara de mí misma, de esta telaraña de cascabeles. Sé que hay personas que han llegado a pensar que les doy plantón o que no quiero verlas o que tengo cuento. Es normal que lo piensen. Esa es una de las cosas que peor llevo de todo esto. Perder a personas por el camino que no han podido entender mi situación o yo no he sabido explicarla.

Nosotras, las escleróticas tenemos un cablecito en la médula que se pela y genera cortocircuitos. Para mí el peor de todos es la fatiga que te postra en la cama y te impide hacer vida normal. Hoy pensaba en las cosas que había hecho y apenas podía contar 2 ó 3. Te sientes inservible en esta sociedad. Te sientes una carga para los que te rodean. Y ellos tienen que soportar los cabreos fruto de esos cortocircuitos.

Cuando le digo a la gente que estoy muy cansada imagino que pensarán que no es para tanto, que me esfuerce y tire para adelante. Y es eso lo que hago cada día, y es eso lo que hacemos todos de una manera u otra. Pero hay días que no se puede. Y la cabeza no para, no para. Piensa en todo lo que le gustaría estar haciendo en esos momentos. Por eso pienso tanto en Frida y en el tiempo que estuvo en la cama. Cuando siento dolor insoportable y cansancio imposible pienso en ella y en todas las demás que pudieron y me engaño para seguir. Me pesa el cuerpo, me pesan las alas.

Maldigo a todos esos cables pelados y todo lo que conlleva. Maldigo todas esas pildoritas que me dan para sentir menos dolor. Maldigo y doy gracias a todos esos pinchazos que en el fondo me hacen no estar peor. Maldigo tantas cosas y sin embargo también doy gracias. Gracias a todos los profesionales y a mi gente querida que sufre y se preocupa por mí.

Dicho esto cierro los párpados, se pliegan como dos labios en un beso eterno.

 

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Alma Guzano

Diario de una esclerótica (II)

El Acoso en twitter (sobre todo si eres mujer)

Escribo estas líneas para denunciar algo que está ocurriendo cada vez con más frecuencia. Tan sólo necesito desahogarme porque esto está pudiendo conmigo.

No es la primera vez que recibo cientos de insultos por un tuit más o menos acertado. Insultos como puta, minusválida, roja de mierda, piojosa, etc. Algunos aún han llegado más lejos y han hablado de agredirme sexualmente. No entiendo cómo podemos permitir que esto ocurra. No sólo a mí sino a cientos de mujeres. Cada diez segundos, alguien llama zorra o puta a una mujer en una red social. Les sale muy barato insultarnos y humillarnos y no existe una respuesta inmediata por parte de twitter, sino que te hacen pasar por una serie de cuestionarios interminables donde no llega a haber cierre de la cuenta o es todo un suplicio.

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Sin ir más lejos, hace una semana un usuario decidió poner mi cara en un tuit y decir que llevaba desaparecida 2 días y que tenía un trastorno grave. Por supuesto, este personaje en concreto está siendo investigado. ¿A quién se le ocurre hacer algo así?, ¿tanto daño he podido a hacerle?

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Entiendo que haya personas que no estén de acuerdo con mis ideas o con mis tuits, sólo tienen que dejar de seguirme o charlar conmigo, debatir… desde luego eso no parece ser posible en estos momentos. He pedido disculpas en reiteradas ocasiones y no ha servido de nada. Cada vez siento más odio hacia mi persona y hacia otras que debido a sus ideas y a su notoriedad de alguna manera sufren mayor presión y agresiones -virtuales-. Algunas de ellas han sido amenazadas de muerte o de sufrir violaciones.

Muchos usuarios están dejando twitter precisamente debido a los episodios de acoso, a los que no se les da respuesta. Es el momento de ponerse las pilas, de no ser así, será el fin de esta red, por esta y otras razones.

Gracias por estar ahí, gracias por apoyarme y por haberme dedicado unos instantes para poder reflexionar sobre este tema.

 

El Acoso en twitter (sobre todo si eres mujer)

Si extiendes tu mano

 

Si extiendes tu mano,

mi mano te espera.

Pero. La tuya se ha ido

entre la niebla, el alcohol y el miedo

de esta ciudad

Solitaria.

Las mejores letras se escriben dormida,

las mejores vidas se viven dormida,

y mientras tanto pasan

las horas.

Y mi cuerpo dejar de poseerme.

Tomemos un coñac,

el más fuerte que tengas,

que raje, que segue

mi garganta, mi columna maldita.

Podemos baldear el suelo marchito

y así crezcan jazmines entre tus pies

descalzos y torpes.

Las miserias en la basura,

el 2.0, los muros a la basura,

los ojos sin ojos a la basura.

Nos asomamos a tirar cohetes,

eso nos vuelve locos. Como niños.

Van a llamar a la policía,

eso nos vuelve locos. Como niños.

Te miro y quiero besarte,

como el río besa los cimientos

de esta ciudad solitaria y carcelaria.

Pero los cohetes. Pero el coñac.

Pero el jazmín. ¿No es maravilloso?

Si extiendes tú mano

sólo

si extiendes tu mano.

 

 

 

Si extiendes tu mano

Sobrevive. Deja propina.

Escucha voces,

pero es ella misma. Sola.

Después de

maltratar

su cuerpo

acariciando a otro (no importa cuál).

 

Siri no sabe indicar

el camino adecuado

“perdona, pero no te he entendido”.

Su psicólogo tampoco,

y Freud ya murió. 

 

La ciencia no está a su altura

y siempre

es culpa de los demás.

Aunque no crea en la culpa ni en los demás.

 

Los recuerdos le persiguen como gacelas

desorientadas.

Y para sobrevivir

roba vidas que son de otras,

pero luego

deja

propina.

Sobrevive. Deja propina.

País de pan gris

Te siento debajo,

ausente, distante, pero dentro.

Tu vals tras las cortinas,

la pena recorre las venas abiertas

de esta no nuestra España.

 

Y ahí estás/estáis

debajo. Olvidados.

De las tierras salen sus manos con hormigas

y una rosa de plata

marchita, escarchada, de cisne helado.

 

Las máscaras incompresibles nos pingan,

nos retuercen como un jirón deshecho.

La espalda maltrecha

como la espalda partida de Frida

colgando de un cisne negro

en un país de pan gris.

 

Tu cuerpo está dentro del nuestro

compartido por las raíces que nos unen

creciendo como fetos en nuestras tripas. Vivas.

 

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Autorretrato de Lorca en Nueva York 

 

 

País de pan gris

Las tetas secas y asustadas

La llave de escudo inexacto

de un pueblo baldío del sur

donde acompaña la luna y la solera,

las peonzas bailan al aura.

 

Los niños mecen la noche,

las tetas secas y asustadas,

resuenan los rifles,

de día llega el pan

con el primer canto de sirenas vacías.

 

Su canto es mi canto, es tu canto,

y crece bajo la tierra.

Nos tiende su mano el poeta,

el poeta de angustia y de polvo.

 

Este camino que nos mece,

no es el tuyo ni el mío,

vamos atados de mordazas de guirnaldas.

Mordazas

de

guirnaldas

de

hierro.

Las tetas secas y asustadas

¿Podemos rebobinarlo?

 

“Todo cambia, todo se mueve, todo revoluciona, todo vuela y se va”.

¿Cómo poder explicar el dolor? Vivo sin vivir en mí como dijo aquella. Quizá deje volar este cuerpo que no es mío y me ponga otro de cristal, como una capa en la trinchera.

¿Podemos rebobinarlo? podemos tan sólo, volver atrás…

La casa de campo, la luz entre los pinos, los leones gruñendo a través de las verjas… Los piñones entre tu mano y la mía.

Párenme aquí que me apeo. Todos esos médicos parecen saber estar haciendo algo con tu cuerpo -yo les agradezco- pero ya sólo soy una yonki más. Te meten cosas en las venas y ahí estás tú con todo eso dentro y más cosas y todo tiene que parecer en su sitio, muy normal. Norma-normal-normativo. Me aburren las normas. Hablemos del amor.

¿Podemos rebobinarlo? cuando la inocencia no rompía el cristal, cuando tan sólo tú y yo caminábamos por la hojarasca. Y no dolía. No dolía, no dolía… Ya viene el médico.

 

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THE GRANDFATHER (aka EL ABUELO), Cristina Cruz, Fernando Fernan-Gomez, Alicia Rozas, 1999. ©Miramax

 

¿Podemos rebobinarlo?

Diario de esclerótica (1)

Hoy ha sido un día de esos en los que no he llegado. Me he quedado a medio camino y la meta estaba al otro lado. En esta sociedad capitalista en la que las personas somos mercancías y nuestra valía depende de nuestra productividad, cuando no consigues tu objetivo terminas frustrándote.

Desde pequeños, y más en concreto, desde pequeñas, se nos exigen unos mínimos para poder formar parte de esta sociedad. Aprender a ser mejor que tus compañeros, a estar “por encima de” y cuando lo consigues te sientes realmente bien cuando eres brillante, cuando tu profesor te compara con Dios al haber obtenido un 10 (esto es un caso real).

Cuando sales de la escuela y sigues estudiando -antes se podía, ahora ya tal- te empiezan a preparar para el mercado laboral y si tienes la suerte de poder pagarte un master, seguirás compitiendo con tus compañeros para poder quedarte con una de las plazas que te ofrecen a cambio de pagar.

Después de pasarte media vida estudiando y compitiendo encuentras trabajo -hablo de hace años-. Al principio te sientes bien, después de haber entrado en depresión durante meses, porque tus compañeros ya han conseguido trabajo y tú eres una loser. No te has esforzado lo suficiente, eres débil.

Pasas años en un trabajo o varios de mierda, en tiendas de ropa explotadoras, pescaderías o agencias de noticias vergonzantes y denunciables.

Pasa el tiempo, surge el 15M y sientes que hay esperanza en el cambio. Te dejas la piel con tus compañeros. Sientes que por una vez no estás competiendo en tu vida por un futuro que no va a llegar. Ayudas y te ayudan y eso es lo que realmente estabas esperando toda tu vida.

Cuando más o menos has encontrado tu lugar en el mundo junto a los tuyos aunque a miles de kilómetros, te diagnostican una enfermedad que básicamente te rompe la vida. Intentas hacer una vida normal, engañándote a ti misma y hay días más afortunados que otros. Hoy no ha sido uno de ellos. Hoy no pido perdón ni pido una palmadita en la espalda. No pido una paguita ni pido pena. Pido que cambiemos las cosas, que dejemos de vivir para ser explotados o auto explotados, que cuidemos las relaciones y seamos capaces de cuidar y ser solidarios. Será importante cambiar el Gobierno, será importante crear otro tipo de Estado, pero más importante será si cabe cuidarnos y cuidar. La solidaridad es la ternura de los pueblos, no dejemos de lado a los que más lo necesitan.

Diario de esclerótica (1)

De medusas y odios

Todo estaba en orden, las tumbonas de colores chillones, las sombrillas de marca de cerveza, la arena pegada al culo, el sol pegando fuerte… y entonces un niño empieza a gritar que ha encontrado una medusa.

Sus padres, a todo correr, se acercan y al comprobar que su hijo no ha sido devorado por semejante criatura infernal, deciden echar la medusa -de pequeño tamaño- en un cubo verde chillón.

Niños de sombrillas cercanas y algún curioso -yo misma- se acercan para conocer al ser marino, ajeno a todo y moviendo sus tentáculos con vigor.

Un niño, de bañador rojo, y de pequeño tamaño -no sé calcular edad de niños, me disculpan- grita encolerizado: ¡hay que matarla!, ¡hay que enterrarla viva!

Así, de primeras, me suena un poco precipitado, pienso, habrá que darle una oportunidad o algo ¿no?, pero soy de ciudad interior, poco sé de estas cosas, y el chiquilín parece puesto en el tema porque empieza a enumerar los tipos de medusas que hay. Una, la medusa avispa, puede matarte en menos de 5 minutos. Se me escapa un ¡joder!

Una de las niñas, ya tirando a adolescente, que rodea el cubo fluorescente, se echa a llorar. No quiere que la maten, dice. A mí tampoco me parece bien, me atrevo a decir como si de pronto hubiera hecho un acto revolucionario en sí mismo. La niña me mira conforme, el resto me mira con odio en sus ojos. ¡Hay que matarla! Dicen los niños, ¡hay que enterrarla y que muera! Yo intento convencerles de que no pasa nada, que la echamos lejos y que no vuelve a picarnos nunca. Me miran y no conformes empiezan a cavar con todas sus ganas un gran agujero en el suelo. Agarro a la niña y le digo: No te preocupes, vamos a salvarla. La niña, Ana, se seca las lágrimas y sonríe. Joder, pienso, ahora tengo que salvarla por mis ovarios. Nos acercamos a una zona de barcas, para ver si algún alma se apiada y se lleva el cubo a alta mar. Nadie nos mira. Nos sugieren que nos apartemos o paguemos 10 euros, que es lo que cuesta la hora en barca.

Mientras trato de pensar un plan B viene un niño -uno nuevo me parece- y me pregunta que por qué no la matamos ya. Me sale, fruto del calor y del agobio, un: ¿a qué no te gustaría que te mataran a ti?

Me doy cuenta de la burrada, porque este niño sí parece más diminuto que el resto, podría tener de 2 a 5 años, no sé decirte.

Comienzo a acelerar el paso de camino hacia mi espacio en la playa. Ese espacio que coges entre el culo gordo del de al lado y la joven que se derrite a tu izquierda sobre la que podías asar un chuletón o al gordo de la derecha. Ese espacio que no debería ser de nadie, pero es del que primero lo pilla.

Llego a “mi sitio” y decido calzarme las aletas y con mi capa imaginaria de super woman cojo el cubo de la medusa en plan: a dios pongo por testigo, que esta medusa terminará en el agua. Ana me mira emocionada, ojos vidriosos de esperanza, y el resto de los presentes me miran con odio. ¡No la tires al agua!, va a volver ¡y nos va a picar a todos! Moriremos y tú serás la culpable.

Bueno, ya es tarde. Ya me he calzado mis aletas y no puedo defraudar a esta chiquilla. Me meto rápidamente en plan vigilante de la playa y nadando sólo con los brazos, piensa que llevo el cubo agarrado con las manos, trato de avanzar. Joder, pienso, igual no ha sido buena idea esto, el agua está helada y no me gusta irme tan lejos. Debe haber bichos por aquí, no veo el fondo, seguro que está lleno de putas medusas, como la que llevo en el cubo. Sigo avanzando, porque hay que contentar a todo el mundo, tengo que tirarla lo más lejos posible para que la medusa no vuelva a la orilla y no cree daños mayores. Veo a lo lejos a Ana y a mis padres haciendo gestos, pero no los percibo con nitidez. (Los gestos significan, sé más tarde, que vuelva ya). Sigo avanzando un poco más, joder me duelen las piernas, a ver ahora como vuelvo, venga va, un poco más, ya casi llegamos al fin del mar, un poco más y estás en África. Me despido de mi amiga y salgo corriendo, todo lo rápido que puedo. Llego a la orilla media hora más tarde, casi sin poder andar, con un dolor horrible en el muslamen (aprobado por la RAE).

Me espero aplausos y vítores a mi salida, pero no. Silencio y caras rancias y mustias. Mis padres se alegran de que no haya muerto, eso sí. O de que no hayan tenido que salir a socorrerme. Ana me da las gracias. Me siento y sonrío feliz. Mañana quizá no pueda moverme, pero ahora estoy feliz. No sé si por haber ayudado a Ana o por haber llevado la contraria al resto.

Más tarde leo en google que en algunos casos las medusas pueden tener tan sólo unas horas de vida.

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De medusas y odios

La abuela Urogalla

La abuela urogalla era muy coqueta, con su pelo almidonado, decían que no tenía arrugas porque había decidido no reír ni llorar y así preservar su juventud, hasta el fin de los días.

Yo sí la vi reír, pero reía a medias, como que sí, pero no. Y le agradecí que hiciera tal gesto sabiendo lo difícil que era para ella renunciar a su belleza infinita.

-“Gallega, aún recuerdo como cocinaba mi suegra, recién llegada de España, hacía unos guisos deliciosos”, me decía.

-“Yo te voy a hacer un cocido que te vas a chupar los dedos, ¿vale?”.

Ella me miraba sonriente y agradecida con esos ojos claros y ese pelo de algodón siempre en su sitio, a pesar de la pobreza y los días.

Al final de los días estaba enfermita, aunque seguía caminando sola con su bastón y así paraba el omnibus. No tenía miedo de ser valiente. Se retiró en su barrio de casas bajitas, húmedas y humildes. Quería irse por donde había venido.

Fui a hacerle unos mandados en mi día libre. Y a limpiarle un poco mientras ella no miraba por el rabillo del ojo. Después de eso, todo pasó rápido y enfermó.

Intenté sostenerla, que esperara un poco más en irse, necesitaba más de su saber y su compañía. Pero ya cansada, se me fue de las manos, a pesar de que mientras le acariciaba su piel de niña en ese hospital viejo le decía al oído: No te vayas, aún tengo que hacerte un cocido madrileño.

La abuela Urogalla