Los pájaros de Chernobyl

Los pájaros de Chernobyl,

las arrugas de la calle

que cruzamos

cuando éramos.

Ahora,

traigan el bisturí,

y cortemos por lo insano.

 

Estaremos bien

algún día,

sí acaso

lo sé,

Quizá entonces

miremos atrás y veamos

amapolas

también

en Chernobyl

O en Hiroshima.

 

La soledad

Se mide

en medios vasos

La maldad

Tiene pasaporte.

Sola,

Sola,

Sola,

Como todos esos perros

abandonados

en el mes de agosto.

Los pájaros de Chernobyl

Irreversible

Justo cuando escribía estas líneas me estaba haciendo la siguiente pregunta: ¿Vivir o no vivir?

Tal era el sentimiento de vacío y de soledad que se alimentaban de mí como un bebé mama de su madre o como las raíces de un árbol beben del agua que cae.

Nunca estuve tan sola. Nunca imaginé que mi vida o lo que creía que era terminaría tan joven. Viví muy rápido, como una cantante de punk. Lo decía mi abuelo y yo reía. No me importaban las curvas porque la sensación era de vivir con toda intensidad. Vivía tan rápido que devoraba todo lo que pasaba ante mí.

 

Y de pronto mi corazón paró. Todo lo que había a mi alrededor se había podrido y había dejado de funcionar. Yo misma no era yo misma y las cosas que antes marchaban, los momentos de euforia y diversión y de luces y de playas y ríos y mares y rocas se habían convertido en un lugar pálido.

 

Consumismo de vida, consumismo de relaciones, rapidez sin ser ni estar, el tiempo y los sujetos tomaron protagonismo, dejándome telonera de mi propia vida. Comencé a sentir que mi vida era una cárcel y que todo había sido mentira. Todo lo de antes era un espejismo que no me dejaba ver lo que realmente vendría después. La supervivencia. En el trabajo, en las relaciones, en la salud… todo se fue a pique, como si hubiera caído rodando desde lo alto de una montaña. Y entonces empecé a alimentarme de recuerdos y a no vivir más. En coma irreversible.

 

Es entonces cuando mi madre me dijo: si no vives por ti, tendrás que hacerlo por los demás. Por los demás. Por los demás. Por los demás. Pareciera una condena, una condena justa después de todo.

 

Y aún siguiendo en ese coma irreversible, y aún viendo como las raíces ya no bebían agua y como el bebé no había nacido, había sido un embrión, es un embrión de Paula Bonet. Y aun con todo eso y como dice Laura Brown en Las Horas: Era la muerte; yo elegí la vida

Irreversible

El Walt Disney treintañero

Hubo un momento en el que la vida pareciera ser un bosque encantado. Como en los dibujos de Wall Disney, no terminarías sin irte a casa con el zapato de cristal y el Principito enamorado.

Ahora tengo 34 años, enferma, y sin muchas esperanzas. Podría sentirme sola del todo si no fuera por mi familia y mi gente maravillosa, que no es poco. Sin embargo, siento que he fracasado. No he sido madre, algo que siempre quise ser; no tengo pareja, algo que me gustaría tener en algún momento, aunque dejemos ese tema… La sociedad me hace reflejarme en el espejo del fracaso. NO, me gritan mis amigas y terapeuta. NO es así, escucho decir a las amigas feministas. Y sin embargo. Me siento vacía como un globo que acaba de explotar en una fiesta de cumpleaños. Simplemente me pregunto en qué punto fracasé, qué parte de la historia hice o deshice mal. Por qué la vida tenía preparada para mí otras sorpresas a las esperadas, para las que me habían educado.

En lugar de seguir la senda de baldosas amarillas, empecé a tropezar con pedruscos. No quise caer y caí. Ya fue injusto estar enferma de por vida. Sentir un dolor inmenso y una fatiga arrolladora. Después vino todo lo demás. Nunca fue suficiente. Me pregunto en qué parte se torció todo para que mi vida no fuera una vida “normal”, de esas que ves en Instagram. Panzas resplandecientes, mamás felices, parejas besándose bajo cocoteros mientras comparten alguna bebida alcohólica –eso es lo más envidiable, sin lugar a dudas-. Mejor tomarlo con ironía.

Que el feminismo me asista, pienso. Y leo, y trato de hablar con más feministas y que el discurso se me quede dentro, como un feto que no tuve; que Simone de Bauvoir se arraigue dentro, o tan sólo un poquito de ella; que el amor romántico y las soledades no me invaliden, que me hagan más fuerte y capaz de sobrevivir al patriarcado. Ojalá supiera rezar. Lo haré con el Segundo Sexo.

Si hay algo que no tolero es la injusticia, tanto propia como ajena –para mí quizá sean lo mismo-. Y así siento la vida para mí, mi vida sin mí, injusta. Y sé que hay gente que se encuentra en estados muchos peores que el mío, y sé que hay quien se estará retorciendo en su asiento pensando que tan sólo soy una niña mimada con algunos problemillas. Pero nadie conoce a nadie. Si algo estoy aprendiendo es a no juzgar antes de conocer cada verdad.

Y quizá esta sea la historia de otras muchas historias similares, de mujeres treintañeras que nos encontramos perdidas; que estamos agotadas, que no sabemos si queremos o no, que nos preguntamos nuevas realidades de ser y estar; y que sobre todo pensamos que otra vida es posible, pero no hemos encontrado aún la llave.

El Walt Disney treintañero

Elegía A Laura Luelmo

Te nos han llevado

lejos

los monstruos

que temíamos.

 

Te nos han robado

de la vida, de los sueños

de tu sonrisa, de la nuestra.

 

Nos dueles.

nos faltas.

Nos apuñala la vida,

tu muerte.

 

Ya no estás,

pero estás

Siempre

valiente,

con nosotras,

tus hermanas.

 

Toda la vida nuestra

para que haya justicia en la tuya.

Nos duele el corazón

helado, rasgado, aniquilado,

Yerto.

 

Dame tus manos,

sigo tu camino,

sigo tus pasos.

No permitimos

que te nos hayan quitado.

 

Te hago hueco

aquí dentro,

de por siempre.

Hermana.

 

Elegía A Laura Luelmo

En otro planeta

Quizá podamos

observar,

las altas alamedas

mientras el eclipse nos niebla

la vista en otro planeta.

Es tan difícil sólo ser,

sin ser

y llegar al otro lado

sin habla.

Pálida. Sola. Entrecortada.

No sé quién soy

y si dolí

también me duelo yo.

A veces, quizá

no nacemos. (somos embriones eternos).

O sí renacemos,

en otros cuerpos, otros lirios,

otras manos mujeres nos consuelan.

Me duele la cara,

de tanto olvidarte

y las manos de

plantar nuevos libros

nuevos mundos planos. Inertes.

 

En otro planeta

Lame el dolor

Mira de frente al dolor

Y un dos tres, cuenta hasta diez.

Aunque el miedo te pille con los ojos cerrados

Aunque te golpee el pánico

Cada noche.

Aunque te sientas sola

Y nadie parezca entender marciano

(que es nuestra lengua oficial)

Sopla como cuando pequeñas

Soplábamos nuestras heridas

De mercromina.

O los barquitos de papel,

Que llegaban a alguna parte. O no.

Grita. Recuerda que nadie te entiende.

Sonríe. O no. Aquí no hay reglas.

Aunque el frío hiele tus venas,

Aunque no haya una app

Para el dolor.

Lame tus heridas

Como si hicieras el amor con ellas.

Aúlla. Quizá las lobas sí puedan entenderte.

Lame el dolor

Los peces voladores

Tengo la impresión de haber estado aquí siempre, pero podría ser perfectamente nunca.

Hay un acuario donde los peces me miran de frente como si me conocieran de toda la vida. Emiten un sonido extraño, como de peli de extraterrestres.

Puede ser que este drogada o puede ser lo contrario. Veo a dos hermanos gemelos sentados en un sofá chaise longe dorado. Uno de ellos besa la oreja del otro mientras me mira, sorprendido. Quizá hayamos sido amigos alguna vez, aunque no lo creo, parece extranjero y apenas conozco extranjeros. No es que tenga nada en contra de los extranjeros, es que no he podido conocer muchos.

Siento que todos los ojos se clavan en mí, los de los peces, los de los gemelos incestuosos y los de el camarero, que me mira especialmente mal, como se mira a alguien que te debe algo o te ha robado, que es un poco lo mismo, pero no es igual.

Me acerco y me pido un vino tinto. Como no sé la cantidad de drogas que he podido consumir, mejor no pasarse. El camarero se va y desaparece. Espero un buen rato mientras observo lo que podría ser perfectamente una escena de Buñuel.

De pronto, el acuario se rompe en mil añicos y todos los peces salen volando como balas doradas. La gente comienza a gritar, pero nadie hace nada. Gritan y vuelven a lo suyo.

Una señora completamente pasada, con pelo rizado y teñido con raíces negras tiene uno entre sus manos. Lo contempla como si hubiera muerto su hijo.

-Se llamaba Rubén.

-Lo siento.

-Tú no lo entiendes.

No puedo llevarle la contraria porque no entiendo nada de lo que está pasando, ni quién me ha puesto a mí en este escenario dantesco donde vuelan peces por los aires.

El camarero vuelve con una tarta de chocolate. Me la pone delante y se va.

-Perdone, le he pedido vino.

Ni se inmuta. Bueno, el chocolate también me parece una buena opción siempre.

Al fondo hay un viejecito musculoso, de esos que caminan horas y horas, y pasan la vida caminando y haciendo estiramientos como si fueran a hacer un Iron Man. Un oso de peluche es su acompañante, aunque cualquiera lo ha podido poner ahí porque también hay chicas de una despedida de soltera armando escándalo, como en todas las despedidas de soltera.

Un coreano se acerca a mí y hace gesto de saludo, tiene pinta de no saber nada de español. No importa, a veces es mejor comunicarse por señas, las palabras a veces no dicen lo que realmente queremos contar. Las palabras están sobrevaloradas. Pone mi nombre en una servilleta. Extrañamente me parece un gesto de amor. Le doy un trozo de mi tarta que agradece con una hermosa sonrisa que deja ver dos dientes dorados.

Termino mi parte, doblo la servilleta con mi nombre y la guardo cuidadosamente. Me levanto y me voy sin pagar, como siempre.

No sé cómo ha podido saber mi nombre. Quizá nada de esto haya ocurrido.

Los peces voladores