El Walt Disney treintañero

Hubo un momento en el que la vida pareciera ser un bosque encantado. Como en los dibujos de Wall Disney, no terminarías sin irte a casa con el zapato de cristal y el Principito enamorado.

Ahora tengo 34 años, enferma, y sin muchas esperanzas. Podría sentirme sola del todo si no fuera por mi familia y mi gente maravillosa, que no es poco. Sin embargo, siento que he fracasado. No he sido madre, algo que siempre quise ser; no tengo pareja, algo que me gustaría tener en algún momento, aunque dejemos ese tema… La sociedad me hace reflejarme en el espejo del fracaso. NO, me gritan mis amigas y terapeuta. NO es así, escucho decir a las amigas feministas. Y sin embargo. Me siento vacía como un globo que acaba de explotar en una fiesta de cumpleaños. Simplemente me pregunto en qué punto fracasé, qué parte de la historia hice o deshice mal. Por qué la vida tenía preparada para mí otras sorpresas a las esperadas, para las que me habían educado.

En lugar de seguir la senda de baldosas amarillas, empecé a tropezar con pedruscos. No quise caer y caí. Ya fue injusto estar enferma de por vida. Sentir un dolor inmenso y una fatiga arrolladora. Después vino todo lo demás. Nunca fue suficiente. Me pregunto en qué parte se torció todo para que mi vida no fuera una vida “normal”, de esas que ves en Instagram. Panzas resplandecientes, mamás felices, parejas besándose bajo cocoteros mientras comparten alguna bebida alcohólica –eso es lo más envidiable, sin lugar a dudas-. Mejor tomarlo con ironía.

Que el feminismo me asista, pienso. Y leo, y trato de hablar con más feministas y que el discurso se me quede dentro, como un feto que no tuve; que Simone de Bauvoir se arraigue dentro, o tan sólo un poquito de ella; que el amor romántico y las soledades no me invaliden, que me hagan más fuerte y capaz de sobrevivir al patriarcado. Ojalá supiera rezar. Lo haré con el Segundo Sexo.

Si hay algo que no tolero es la injusticia, tanto propia como ajena –para mí quizá sean lo mismo-. Y así siento la vida para mí, mi vida sin mí, injusta. Y sé que hay gente que se encuentra en estados muchos peores que el mío, y sé que hay quien se estará retorciendo en su asiento pensando que tan sólo soy una niña mimada con algunos problemillas. Pero nadie conoce a nadie. Si algo estoy aprendiendo es a no juzgar antes de conocer cada verdad.

Y quizá esta sea la historia de otras muchas historias similares, de mujeres treintañeras que nos encontramos perdidas; que estamos agotadas, que no sabemos si queremos o no, que nos preguntamos nuevas realidades de ser y estar; y que sobre todo pensamos que otra vida es posible, pero no hemos encontrado aún la llave.

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