Tú no moriste contigo

Nos deja la voz que acaricia, la cordura, la dulzura, el poeta de la conciencia y la humildad, el compañero de las mujeres y de la tierra, de la Libertad o la muerte, nos deja Eduardo Germán María Hughes Galeano.

Lo conocí mejor cuando se interesó por lo que hacíamos en las plazas en 2011, cuando decidimos tomarlas por lo común y por el cambio. Seguí leyéndolo más, sobre todo cuando necesitaba ser mecida por sus palabras. Un tiempo después la vida me llevó a su paisito. Vivía entonces por la Rambla y tenía la esperanza de encontrármelo paseando con su perro Morgan, su más fiel compañero. Como una de esas fans que esperan en el backstage de los Take That (tengo ya 30 tacos). Yo lo vi de lejos, con la música de Viglietti de fondo, boina en la cabeza, rostro serio y cortado por la vida. Se celebraba un acto en la embajada venezolana por la muerte de Chávez. Banderas ondeaban y lágrimas miraban al cielo. Seguía sus pasos, algún atrevido se le acercaba y le daba un abrazo. Reconozco que la admiración que sentía por él me acobardó. Preferí dejarlo ahí, libre, ¿qué iba a decirle yo? Las únicas palabras que merecen existir son las que son mejores que el silencio, le dijo Onetti una vez. Lo vi viejito al viejo. Estaba acostumbrada a verlo en fotografías o en vídeos. Me sorprendió verlo así, pero ta’ no le di más importancia. Yo sabía que a él no le gustaba demasiado que se acercaran a saludarlo, no porque fuera antipático, sino porque era demasiado humilde. Y no quise enturbiar esa idea, que por otro lado, entiendo proviene de provenir de “los nadies”.

Mi mejor amiga uruguaya, casi de la familia, me contó que guardó tu libro, “Las Venas Abiertas de América Latina”, bajo las tablitas del piso. Los milicos iban a registrar su casa y había que esconder cualquier prueba del delito de pensar o sentir. Se deshizo de papeles, carteles, cuadernos, discos, risas, recuerdos, pero no pudo deshacerte de ti. Ella se libró de la cana y el librito se libró de la quema. Otros no corrieron la misma suerte y tú tuviste que exiliarte.

El exilio de allá y el exilio de acá. Se cruzaron nuestros exilios y sentí lo que comentabas de las calles. “El camino de vuelta a casa. Una tranquilidad, un sosiego, saber qué viene después de cada esquina, de cada farol, de cada quiosco”. Acá estamos esperando que llueva la buena suerte mientras nos pica la mano izquierda. Hoy más desafortunados que nunca, porque somos hijos de nadie, ahora también huérfanos de ti.

Te dibujo con Morgan, andando por la rambla montevideana, con el viento de espaldas, y la utopía en el horizonte.

El dolor se dice callando, el dolor se dice callando, dijo él cuando murió Mario. Así que ahora, empiezo mi huelga de palabras, siento haberte dedicado unas líneas que no llegan a la altura de tus letras. DEP Eduardo.

*El título es en homenaje a su artículo “Tú no moriste contigo”

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